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HISTORIA CONSTRUCTIVA
En el vasto conjunto del Monasterio,
primero de la orden cisterciense, fundado en 1140,
se distinguen en la actualidad dos grandes épocas
constructivas, correspondientes a la etapa medieval
-siglos XII y XIII- y a la edad Moderna -siglos
XVI y XVII-, coincidiendo por una etapa de reforma
y esplendor. A la primera pertenecen el templo abacial,
la sala capitular, así como restos del dormitorio
y refectorio, piezas estas de las últimas
transformadas para otros usos siglos más
tarde. De la segunda gran fase constructiva datan
el claustro y sobreclaustro, palacio abacial, convento,
hospedería, sacristia, biblioteca y capilla
actual de la Virgen de la Barda.
IGLESIA
ABACIAL
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El gran templo cisterciense
se inició hacia 1175 por la cabecera
y se continuó en el siglo XIII, por
las naves, hallándose concluido para
el año 1247, en que Rodrigo Ximénez
de Rada, arzobispo de Toledo y gran mecenas
de los Monasterios de Huerta y Fitero, impetró
bula de indulgencias de Inocencio IV para
los que lo visitasen en el día de su
dedicación.
Su planta sigue muy de cerca
el tipo de las iglesias abaciales de los Monasterios
franceses de Clairvaux y Pontigny y es muy
parecida a la de Poblet. Presenta una gran
cruz latina con tres naves, con cabecera de
girola de cinco capillas raciales, la central
siguiendo la tradición borgoñona.
Capillas con ábsides semicirculares
se adosan asimismo a los brazos de la cruz,
dos a cada lado.
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El sistema de alzados se
resuelve siguiendo el tipo de apoyos hispano-languedocianos,
con grandes pilares cruciformes con pares
de semicolumnas adosadas en sus frentes y
columnillas en los cadillos, si bien en las
naves se simplifican.

En la cabecera, rodeando la capilla
mayor, se utilizan unos grandes fustes cilíndricos
en los que apoyan arcos apuntados y las nervaduras
de los cubiertas, de clara raigambre protogónica,
ya que preanuncian lo que unos años más
tarde se iba a emplear en la Colegiata de Roncesvalles
en uno de los primeros ejemplos del gótico
de L´ île de France. Finalmente, también
se utilizan con profusión las médulas
del arte cisterciense. Como cubiertas se utilizan
las bóvedas de crucería, jalonadas
por potentes fajones y configuradas con grandes
nervios de sección. Las capillas de la cabecera
lo hacen con bovedillas de cuarto de esfera sin
nervios, a excepción de la central que incorpora
dos debido a sus mayores dimensiones; el presbiterio
lo hace con una cubierta gallonada. De la primera
mitad del siglo XVI datan las tres bóvedas
estrelladas gótico-renacentistas de los tres
tramos de los pies, levantadas en la misma época
que el claustro y bajo el mecenazgo del abad Fray
Martin Egües y Pasquier. La iluminación
del templo se logra a través de vanos de
dos tipos: ventanales aboncinados de medio punto
a lo largo de las naves y girola -éstos de
proporciones más reducidas- y grandes rosetones
en los brazos y hastial.
El interior del templo, de acuerdo
con las ideas depuradoras de San Bernardo, se reduce
a pura estructura, sin concesión alguna para
el ornato. En la nave mayor confluyen los espacios
adyacentes, naves, cruceros, girola. La luz que
traspasa los ventanales determina un espacio grandioso,
a la vez que recogido, por la limpieza de muros
de toda la fábrica.
A partir del siglo XVI, superada
la crisis en que se vio inmerso el Monasterio, se
levantaron nuevas dependencias, algunas de ellas
para el servicio del templo. La capilla bautismal
se levantó aneja a la nave de la Epístola,
en un momento en que el pueblo de Fitero se iba
formando poco a poco y era necesaria la ubicación
de una parroquia que administrase los sacramentos.
A finales de la misma centuria, se levantó
el coro alto a los pies del templo en sustitución
de otro medieval que estuvo situado en el centro
de la nave mayor.

Del segundo cuarto del siglo XVI-XVII
datan la sacristía y la actual capilla de
la Virgen de la Barda, construidas ambas en el estilo
barroco. La sacristía, situada entre el brazo
del crucero y la girola, es de planta rectangular,
con tres brazos cubiertos por bóvedas de
medio cañón con lunetos y hornacinas
de medio punto abiertas en los lados mayores para
albergar las cajoneras. Su aspecto barroco le viene
dado por las pilastras suspendidas con placados
y golpes de yestería y las ménsulas
de angelotes de las esquinas. Su decoración
de cornucopias, mesa rococó y florones dorados
de la techumbre cooperan decisivamente al aspecto
dieciochesco de la estancia. La capilla de la Virgen
de la Barda se construyó entre 1732 y 1736
para servir de panteón a los restos de un
noble abad del siglo XVII, Placido del Corral y
Guzmán. Tiene una planta combinada, parecida
a la de San Isidro en Madrid, con la sucesión
de dos tramos cuadrados, el primero cubierto por
bóveda de medio cañón con lunetos
y el segundo por cúpula con linterna, y cabecera
en artesa rematada en cuarto de esfera. Un extenso
programa decorativo llenaba sus muros, aunque actualmente
sólo quedan las yeserías de las cornisas
y fajones y las pinturas fingidas y de perspectivas
de las pechinas y la cúpula.
Al exterior la iglesia aparece
como una enorme mole pétrea que emerge sobre
el caserío; sus muros son de sillería
bien trabajada y se hallan jalonados por grandes
contrafuertes prismáticos entre los que se
alojan las ventanas. en la fachada, situada a los
pies, se abre una pequeña portada abocianda
de medio punto, de filiación con el Románico
tardío en estructura y decoración.
De ladrillo con los muros de las obras barrocas
-sacristía y capilla-, así como la
esbelta torre prismática que emerge rompiendo
la horizontalidad de las edificaciones conventuales.
Esta última fue levantada en el siglo XVII,
tras derruirse las antiguas torrecillas de vigilancia,
aprovechando la escalera de caracol de una de ellas.
DEPENDENCIAS CONVENTUALES
Por lo que respecta a las dependencias
medievales, tan sólo queda en pie la sala
capitular, estancia de dimensiones cuadradas cubierta
por nueve tramos de bóvedas de crucería
con nervios de sección trilobulada que apean
en cuatro columnas exentas y en otras adosadas a
los muros, siguiendo un plan similar al de otros
capítulos monacales. Los capiteles, tallados
en poco relieve, se decoran con diversos motivos
inanimados como acanaladuras, arcos diferentes,
hojas esquemáticas y entrelazos. Su construcción
data del año 1247 en que se finalizaron las
obras del templo. Al igual que en este último,
la impresión es la gran sobriedad y de una
exquisita armonía en todas sus proporciones.
Restos medievales quedan en los muros de la zona
inferior de la biblioteca, estancia que se levantó
en el siglo XVII, hundiendo la techumbre primitiva
del refectorio medieval, pero aprovechando sus muros
con las ventanas abocinadas. El dormitorio medieval
conserva aún su estructura rectangular, cubierta
por grandes fajones apuntados, pese a las transformaciones
que ha sufrido a lo largo de los siglos.
Asimismo, son perceptibles restos de la muralla
que rodeaba el recinto en 1285, de la cocina y bodega.

El claustro renacentista es de
planta cuadrada, en la que se suceden arcadas apuntadas
y contrafuertes exteriores. El sistema de apoyos
y cubiertas varía según la época
constructiva; así, en la crujía oriental,
levantada en la primera mitad del siglo, se encuentran
múltiples columnas con capitel corrido, arcos
muy apuntados y sencillas bóvedas estrelladas
mientras que el resto de las plantas construidas
a partir de 1550 aparecen pilares cada vez más
simplificados y bóvedas de diseño
muy complicado y arcadas menos apuntadas. Como obra
de estilo plateresco, la decoración de medallones,
heráldica, símbolos, mascarones, bucráneos
y motivos "a candelieri" cubre las claves,
frisos y ménsulas, destacando por su calidad
algunos bustos como los del Elías, San Bernardo
y San Benito, así como algunas ménsulas
con capiteles similares a los de San Sagredo publicó
en su tratado Medidas del Romanico. El sobreclaustro,
construido en el estilo herreriano a partir de la
última década del siglo XVI, se concluyó
para 1613 siendo abad San Ignacio de Ibero, según
reza una inscripción que recorre el friso.
El esquema purista de las arcadas de sus galerías
con medios puntos entre pilastras y antepechos cajeados,
todo en noble sillería, representa al arte
escurialense que impuso una férrea disciplina
estética en todas las construcciones de la
época.
En cuanto a las dependencias, merecen mención
el dormitorio nuevo, levantado a fines del siglo
XVI y muy remodelado y la biblioteca, que se fabricó
sobre los muros del refectorio medieval en torno
al año 1614. Está formada por bóveda
de medio cañón con lunetos y fue remodelada
en el siglo XVIII con gran cornisa y placados de
finas yeserías. Manierista, de fines del
siglo XVI es el palacio abacial, aumentado con otra
ala en la segunda mitad del siglo XVII; al estilo
barroco corresponde la fachada de las oficinas de
la Plaza de la Orden, en la que se combina sabiamente
el ladrillo, la piedra y la cerámica.
RETABLOS, PINTURAS E IMÁGENES
Dentro del templo abacial se custodian
una buena parte del tesoro artístico del
cenobio cisterciense en las diferentes artes. El
retablo mayor, con tablas pintadas de Rolan Mois,
es una de las mejores obras pictóricas conservadas
en Navarra de aquella centuria del quinientos. Su
arquitectura y las esculturas estaban colocadas
en 1583, en tanto que la obra del pintor flamenco
data de 1550-1591.

La traza, debida a Diego Sanchéz,
es de estilo vignolesco con órdenes arquitectónicos
superpuestos entre dos grandes columnas de orden
gigante sin ningún tipo de decoración,
algo inusual en los retablos renacentistas del momento
y que pone al de Fitero en clara relación
con el del Escorial. Las esculturas, por el contrario,
se pueden incluir en el romanismo miguelangelesco,
estilo imperante en la región durante aquellas
décadas del siglo XVI. En las tablas se representan
diversos ciclos, uno con escenas de la Infancia
de Cristo, otro con santos de la orden del Cister
y otro con los santos de la iglesia universal y
de gran popularidad entre los monjes. Todas las
pinturas destacan por la gama de colorido veneciano
y por las cuidadas composiciones, en la Epifanía,
el autor realizó una réplica del mismo
tema que años antes había hecho en
el Monasterio de la Oliva; la Adoración de
los Pastores supone una experiencia lumínica,
similar a las que realizaban algunos pintores como
Navarrete el Mudo en el Escorial; otras tablas como
el San Juan Bautista derivan directamente de Tiziano,
mientras que el Evangelista es miguelangelesco.
Rolan Mois fue ayudado por su colaborador Felices
de Cáceres, en cuyo círculo hay que
situar el retablo de la Asunción de la Virgen,
también de tablas pintadas y fechable al
igual que el mayor en los últimos años
del siglo XVI, dentro del círculo aragonés.
Obra escultórica manierista de los primeros
años del siglo XVII es el Cristo de la Guía,
imagen salida de la gubia del escultor romanista
estellés Bernabé Imberto. De la primera
fase del Barroco, la naturalista, se conservan diversas
esculturas en sus correspondientes retablos, relacionables
con el arte del escultor vallisoletano Gregorio
Fernández, como las tallas de San Bernardo
y San Benito y, especialmente, la de San Miguel.
De cronología posterior, ya plenamente barrocos,
son los retablos de la Virgen del Rosario y San
José, la caja del órgano, datada en
1660, y otras piezas como canceles. Al siglo XVI-XVII
pertenecen varios retablos entre los que destaca
el de Santa Teresa y el baldaquino de la capilla
de la Virgen de la Barda que fue hecho hacia 1736
para el Cristo de la Guía. El altar de Santa
Teresa responde tipológicamente a un modelo
no utilizado en estas tierras y, pese a que se acopla
a un muro recto del crucero, su autor, el cascantino
José Serrano, supo dotar a su planta de unas
líneas movidas y de elementos arquitectónicos
y decorativos propios de la fase churrigueresca.
Su iconografía es una lección sobre
el patronazgo de la iglesia universal, nacional,
regional y local. En el baldaquino se encuentra
una prolongación de esa tipología
tan abundante el el vecino reino aragonés.
Tras el gran tabernáculo se venera la Virgen
de la Barda, imagen sedente con el Niño bendiciendo
sentado en su rodilla izquierda, datable a fines
del siglo XIII o comienzos de la siguiente centuria,
la cual responde al tipo de Andra Mari. Conserva
en gran parte la policromía original y fue
restaurada en 1965.
Se conservan asimismo varias tallas
procesionales barrocas de los siglos XVII y XVIII,
así como una sillería coral, obra
de las postrimerías del siglo XVI, realizada
en un severo arte purista de raigambre escurialense
y organizada en dos órdenes de sillas articuladas
con tableros lisos y esfinges en los brazos. Fue
finalizada en 1601 por Esteban Ramos, artista que
trabajó también el enorme facistol
y las puertas de la estancia.
En la sacristía y en otras
dependencias se guardan algunos lienzos, restos
de la rica colección que poseía la
abadía en los siglos de la Edad Moderna.
Destacan la Sagrada Familia, de estilo manierista
de fines del siglo XVI con ecos del Parmigianino,
y la Transverberación de Santa Teresa, obra
de la última época del pintor establecido
en Tudela, Vicente Berdusán, así como
otros cuadros de la órbita de esta último
pintor y algunos más importados de otros
focos.
Por lo qu respecta a ornamentos,
se guardan restos de ternos regalados por diferentes
abades a fines del diglo XVI y principios del XVII,
trabajados en Valladolid y otras capitales. El gran
terno pontifical blanco aprovecha las escenas bordadas
a todo color en pleno siglo XVII por la carmelita
descalza de Pamplona Madre Graciosa de los Ángeles.
A la segunda mitad del siglo XVIII corresponde una
colgadura eucarística bordada en colores
sobre tisú blanco en estilo rococó.
Gran interés ofrece la colección de
orfebrería por la calida y la tipología
de algunas de sus piezas como la naveta de concha
y plata dorada, datable en la segunda mitad del
siglo XVI que se relaciona con piezas de Rotterdam
de hacia 1590. Muy original es así mismo
un copón barroco de filigrana de plata con
tapa bulbosa. No faltan cálices puristas,
coronas de las imágenes barrocas y relicarios.
Entre estos últimos llama la atención
el de San Andrés con punzón zaragozano
de hacia 1700 y el de San Raimundo de Fitero, primer
abad del Monasterio y fundador de la Orden Militar
de Calatrava.
Pieza excepcional de la arqueta
de cobre esmaltado de hacia 1200 con diversos temas
figurativos que relacionan la arqueta con la píxide
de Esparza de Galar, piezas salidas, muy posiblemente,
de talleres ambulantes no lejanos a Silos. Otras
arquetas de marfil y madera, realizadas en diferente
estilos y técnicas, forman parte del tesoro,
encabezando la serie la pequeña caja de marfil
firmada por Halaf en el año 1966 y realizada
en estilo califal, con decoración de motivos
vegetales que la sitúan en la producción
de la primera etapa de las talleres califales. A
fines del siglo XI se fecha otra arqueta recubierta
por finas planchas de marfil, con decoración
de círculos incisos con escenas de cetrería.
Un tercer cofre románico de madera pintada
pertenece al siglo XII y otra arqueta de estilo
francojónico contemplan esta rica colección.
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