
Horario de visitas guiadas al Monasterio de Fitero. (Actualizado marzo 2013)
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En el vasto conjunto del Monasterio, primero de la orden cisterciense, fundado en 1140, se distinguen en la actualidad dos grandes épocas constructivas, correspondientes a la etapa medieval -siglos XII y XIII- y a la edad Moderna -siglos XVI y XVII-, coincidiendo por una etapa de reforma y esplendor.
A la primera pertenecen el templo abacial, la sala capitular, así como restos del dormitorio y refectorio, piezas estas de las últimas transformadas para otros usos siglos más tarde.
De la segunda gran fase constructiva datan el claustro y sobreclaustro, palacio abacial, convento, hospedería, sacristia, biblioteca y capilla actual de la Virgen de la Barda.
Estructura y dimensiones generales del Templo:
Su planta es una gran cruz latina. Su cabecera está formada por una capilla mayor, rodeada de una girola y de cinco capillas absidiales. Sus brazos son los de un largo transepto, con dos capillas orientales a cada lado, y su cuerpo está constituido por tres naves paralelas, de seis tramos cada una, con las bóvedas cubiertas de ojivas.
Ocupa una superficie de 2.600 metros cuadrados, y con las edificaciones de los siglos XVI y XVII sobrepasa los 4.300.
Sus dimensiones generales son las siguientes:
Longitud total de la iglesia: 86,50 m. e interior: 80 m.
Longitud total del transepto: 47,50 m; interior: 44m: y anchura 9,45m.
Anchura total del cuerpo de las tres naves: 27,40 m. e interior 22,80 m. Fachada: 12m de altura y 24 m de anchura.
Altura máxima interior 18,5 m.
IGLESIA ABACIAL
El gran templo cisterciense se inició hacia 1175 por la cabecera y se continuó en el siglo XIII, por las naves, hallándose concluido para el año 1247, en que Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo y gran mecenas de los Monasterios de Huerta y Fitero, impetró bula de indulgencias de Inocencio IV para los que lo visitasen en el día de su dedicación.
Su planta sigue muy de cerca el tipo de las iglesias abaciales de los Monasterios franceses de Clairvaux y Pontigny y es muy parecida a la de Poblet. Presenta una gran cruz latina con tres naves, con cabecera de girola de cinco capillas raciales, la central siguiendo la tradición borgoñona. Capillas con ábsides semicirculares se adosan asimismo a los brazos de la cruz, dos a cada lado.
El sistema de alzados se resuelve siguiendo el tipo de apoyos hispano-languedocianos, con grandes pilares cruciformes con pares de semicolumnas adosadas en sus frentes y columnillas en los cadillos, si bien en las naves se simplifican.
En la cabecera, rodeando la capilla mayor, se utilizan unos grandes fustes cilíndricos en los que apoyan arcos apuntados y las nervaduras de los cubiertas, de clara raigambre protogónica, ya que preanuncian lo que unos años más tarde se iba a emplear en la Colegiata de Roncesvalles en uno de los primeros ejemplos del gótico de L´ île de France. Finalmente, también se utilizan con profusión las médulas del arte cisterciense.
Como cubiertas se utilizan las bóvedas de crucería, jalonadas por potentes fajones y configuradas con grandes nervios de sección. Las capillas de la cabecera lo hacen con bovedillas de cuarto de esfera sin nervios, a excepción de la central que incorpora dos debido a sus mayores dimensiones; el presbiterio lo hace con una cubierta gallonada.
De la primera mitad del siglo XVI datan las tres bóvedas estrelladas gótico-renacentistas de los tres tramos de los pies, levantadas en la misma época que el claustro y bajo el mecenazgo del abad Fray Martin Egües y Pasquier. La iluminación del templo se logra a través de vanos de dos tipos: ventanales aboncinados de medio punto a lo largo de las naves y girola (éstos de proporciones más reducidas) y grandes rosetones en los brazos y hastial.
El interior del templo, de acuerdo con las ideas depuradoras de San Bernardo, se reduce a pura estructura, sin concesión alguna para el ornato. En la nave mayor confluyen los espacios adyacentes, naves, cruceros, girola. La luz que traspasa los ventanales determina un espacio grandioso, a la vez que recogido, por la limpieza de muros de toda la fábrica.
A partir del siglo XVI, superada la crisis en que se vio inmerso el Monasterio, se levantaron nuevas dependencias, algunas de ellas para el servicio del templo. La capilla bautismal se levantó aneja a la nave de la Epístola, en un momento en que el pueblo de Fitero se iba formando poco a poco y era necesaria la ubicación de una parroquia que administrase los sacramentos.
A finales de la misma centuria, se levantó el coro alto a los pies del templo en sustitución de otro medieval que estuvo situado en el centro de la nave mayor.
Del segundo cuarto del siglo XVI-XVII datan la sacristía y la actual capilla de la Virgen de la Barda, construidas ambas en el estilo barroco.
La sacristía, situada entre el brazo del crucero y la girola, es de planta rectangular, con tres brazos cubiertos por bóvedas de medio cañón con lunetos y hornacinas de medio punto abiertas en los lados mayores para albergar las cajoneras.
Su aspecto barroco le viene dado por las pilastras suspendidas con placados y golpes de yestería y las ménsulas de angelotes de las esquinas. Su decoración de cornucopias, mesa rococó y florones dorados de la techumbre cooperan decisivamente al aspecto dieciochesco de la estancia.
La capilla de la Virgen de la Barda se construyó entre 1732 y 1736 para servir de panteón a los restos de un noble abad del siglo XVII, Placido del Corral y Guzmán.
Tiene una planta combinada, parecida a la de San Isidro en Madrid, con la sucesión de dos tramos cuadrados, el primero cubierto por bóveda de medio cañón con lunetos y el segundo por cúpula con linterna, y cabecera en artesa rematada en cuarto de esfera.
Un extenso programa decorativo llenaba sus muros, aunque actualmente sólo quedan las yeserías de las cornisas y fajones y las pinturas fingidas y de perspectivas de las pechinas y la cúpula.
Al exterior la iglesia aparece como una enorme mole pétrea que emerge sobre el caserío; sus muros son de sillería bien trabajada y se hallan jalonados por grandes contrafuertes prismáticos entre los que se alojan las ventanas. en la fachada, situada a los pies, se abre una pequeña portada abocianda de medio punto, de filiación con el Románico tardío en estructura y decoración. De ladrillo con los muros de las obras barrocas (sacristía y capilla), así como la esbelta torre prismática que emerge rompiendo la horizontalidad de las edificaciones conventuales. Esta última fue levantada en el siglo XVII, tras derruirse las antiguas torrecillas de vigilancia, aprovechando la escalera de caracol de una de ellas.
Por lo que respecta a las dependencias medievales, tan sólo queda en pie la sala capitular, estancia de dimensiones cuadradas cubierta por nueve tramos de bóvedas de crucería con nervios de sección trilobulada que apean en cuatro columnas exentas y en otras adosadas a los muros, siguiendo un plan similar al de otros capítulos monacales.
Los capiteles, tallados en poco relieve, se decoran con diversos motivos inanimados como acanaladuras, arcos diferentes, hojas esquemáticas y entrelazos. Su construcción data del año 1247 en que se finalizaron las obras del templo. Al igual que en este último, la impresión es la gran sobriedad y de una exquisita armonía en todas sus proporciones.
Restos medievales quedan en los muros de la zona inferior de la biblioteca, estancia que se levantó en el siglo XVII, hundiendo la techumbre primitiva del refectorio medieval, pero aprovechando sus muros con las ventanas abocinadas.
El dormitorio medieval conserva aún su estructura rectangular, cubierta por grandes fajones apuntados, pese a las transformaciones que ha sufrido a lo largo de los siglos.
Asimismo, son perceptibles restos de la muralla que rodeaba el recinto en 1285, de la cocina y bodega.
El claustro renacentista es de planta cuadrada, en la que se suceden arcadas apuntadas y contrafuertes exteriores.
El sistema de apoyos y cubiertas varía según la época constructiva; así, en la crujía oriental, levantada en la primera mitad del siglo, se encuentran múltiples columnas con capitel corrido, arcos muy apuntados y sencillas bóvedas estrelladas mientras que el resto de las plantas construidas a partir de 1550 aparecen pilares cada vez más simplificados y bóvedas de diseño muy complicado y arcadas menos apuntadas.
Como obra de estilo plateresco, la decoración de medallones, heráldica, símbolos, mascarones, bucráneos y motivos "a candelieri" cubre las claves, frisos y ménsulas, destacando por su calidad algunos bustos como los del Elías, San Bernardo y San Benito, así como algunas ménsulas con capiteles similares a los de San Sagredo publicó en su tratado Medidas del Romanico.
El sobreclaustro, construido en el estilo herreriano a partir de la última década del siglo XVI, se concluyó para 1613 siendo abad San Ignacio de Ibero, según reza una inscripción que recorre el friso.
El esquema purista de las arcadas de sus galerías con medios puntos entre pilastras y antepechos cajeados, todo en noble sillería, representa al arte escurialense que impuso una férrea disciplina estética en todas las construcciones de la época.
En cuanto a las dependencias, merecen mención el dormitorio nuevo, levantado a fines del siglo XVI y muy remodelado y la biblioteca, que se fabricó sobre los muros del refectorio medieval en torno al año 1614. Está formada por bóveda de medio cañón con lunetos y fue remodelada en el siglo XVIII con gran cornisa y placados de finas yeserías.
Manierista, de fines del siglo XVI es el palacio abacial, aumentado con otra ala en la segunda mitad del siglo XVII; al estilo barroco corresponde la fachada de las oficinas de la Plaza de la Orden, en la que se combina sabiamente el ladrillo, la piedra y la cerámica.
Dentro del templo abacial se custodian una buena parte del tesoro artístico del cenobio cisterciense en las diferentes artes. El retablo mayor, con tablas pintadas de Rolan Mois, es una de las mejores obras pictóricas conservadas en Navarra de aquella centuria del quinientos. Su arquitectura y las esculturas estaban colocadas en 1583, en tanto que la obra del pintor flamenco data de 1550-1591.
La traza, debida a Diego Sanchéz, es de estilo vignolesco con órdenes arquitectónicos superpuestos entre dos grandes columnas de orden gigante sin ningún tipo de decoración, algo inusual en los retablos renacentistas del momento y que pone al de Fitero en clara relación con el del Escorial.
Las esculturas, por el contrario, se pueden incluir en el romanismo miguelangelesco, estilo imperante en la región durante aquellas décadas del siglo XVI.
En las tablas se representan diversos ciclos, uno con escenas de la Infancia de Cristo, otro con santos de la orden del Cister y otro con los santos de la iglesia universal y de gran popularidad entre los monjes.
Todas las pinturas destacan por la gama de colorido veneciano y por las cuidadas composiciones, en la Epifanía, el autor realizó una réplica del mismo tema que años antes había hecho en el Monasterio de la Oliva; la Adoración de los Pastores supone una experiencia lumínica, similar a las que realizaban algunos pintores como Navarrete el Mudo en el Escorial; otras tablas como el San Juan Bautista derivan directamente de Tiziano, mientras que el Evangelista es miguelangelesco.
Rolan Mois fue ayudado por su colaborador Felices de Cáceres, en cuyo círculo hay que situar el retablo de la Asunción de la Virgen, también de tablas pintadas y fechable al igual que el mayor en los últimos años del siglo XVI, dentro del círculo aragonés.
Obra escultórica manierista de los primeros años del siglo XVII es el Cristo de la Guía, imagen salida de la gubia del escultor romanista estellés Bernabé Imberto.
De la primera fase del Barroco, la naturalista, se conservan diversas esculturas en sus correspondientes retablos, relacionables con el arte del escultor vallisoletano Gregorio Fernández, como las tallas de San Bernardo y San Benito y, especialmente, la de San Miguel.
De cronología posterior, ya plenamente barrocos, son los retablos de la Virgen del Rosario y San José, la caja del órgano, datada en 1660. Ver más información sobre el órgano, declarado Bien de Interés Cultural.
Al siglo XVI-XVII pertenecen varios retablos entre los que destaca el de Santa Teresa y el baldaquino de la capilla de la Virgen de la Barda que fue hecho hacia 1736 para el Cristo de la Guía.
El altar de Santa Teresa responde tipológicamente a un modelo no utilizado en estas tierras y, pese a que se acopla a un muro recto del crucero, su autor, el cascantino José Serrano, supo dotar a su planta de unas líneas movidas y de elementos arquitectónicos y decorativos propios de la fase churrigueresca. Su iconografía es una lección sobre el patronazgo de la iglesia universal, nacional, regional y local.
En el baldaquino se encuentra una prolongación de esa tipología tan abundante el el vecino reino aragonés.
Tras el gran tabernáculo se venera la Virgen de la Barda, imagen sedente con el Niño bendiciendo sentado en su rodilla izquierda, datable a fines del siglo XIII o comienzos de la siguiente centuria, la cual responde al tipo de Andra Mari. Conserva en gran parte la policromía original y fue restaurada en 1965.
Se conservan asimismo varias tallas procesionales barrocas de los siglos XVII y XVIII, así como una sillería coral, obra de las postrimerías del siglo XVI, realizada en un severo arte purista de raigambre escurialense y organizada en dos órdenes de sillas articuladas con tableros lisos y esfinges en los brazos.
Fue finalizada en 1601 por Esteban Ramos, artista que trabajó también el enorme facistol y las puertas de la estancia.
En la sacristía y en otras dependencias se guardan algunos lienzos, restos de la rica colección que poseía la abadía en los siglos de la Edad Moderna.
Destacan la Sagrada Familia, de estilo manierista de fines del siglo XVI con ecos del Parmigianino, y la Transverberación de Santa Teresa, obra de la última época del pintor establecido en Tudela, Vicente Berdusán, así como otros cuadros de la órbita de esta último pintor y algunos más importados de otros focos.
Por lo que respecta a ornamentos, se guardan restos de ternos regalados por diferentes abades a fines del siglo XVI y principios del XVII, trabajados en Valladolid y otras capitales.
El gran terno pontifical blanco aprovecha las escenas bordadas a todo color en pleno siglo XVII por la carmelita descalza de Pamplona Madre Graciosa de los Ángeles.
A la segunda mitad del siglo XVIII corresponde una colgadura eucarística bordada en colores sobre tisú blanco en estilo rococó.
Gran interés ofrece la colección de orfebrería por la calida y la tipología de algunas de sus piezas como la naveta de concha y plata dorada, datable en la segunda mitad del siglo XVI que se relaciona con piezas de Rotterdam de hacia 1590.
Muy original es así mismo un copón barroco de filigrana de plata con tapa bulbosa. No faltan cálices puristas, coronas de las imágenes barrocas y relicarios. Entre estos últimos llama la atención el de San Andrés con punzón zaragozano de hacia 1700 y el de San Raimundo de Fitero, primer abad del Monasterio y fundador de la Orden Militar de Calatrava.
Pieza excepcional de la arqueta de cobre esmaltado de hacia 1200 con diversos temas figurativos que relacionan la arqueta con la píxide de Esparza de Galar, piezas salidas, muy posiblemente, de talleres ambulantes no lejanos a Silos.
Otras arquetas de marfil y madera, realizadas en diferente estilos y técnicas, forman parte del tesoro, encabezando la serie la pequeña caja de marfil firmada por Halaf en el año 1966 y realizada en estilo califal, con decoración de motivos vegetales que la sitúan en la producción de la primera etapa de las talleres califales.
A fines del siglo XI se fecha otra arqueta recubierta por finas planchas de marfil, con decoración de círculos incisos con escenas de cetrería. Un tercer cofre románico de madera pintada pertenece al siglo XII y otra arqueta de estilo francojónico contemplan esta rica colección.